16 y se protegerán de la ‘hiper-implicación’. En consecuencia, buscan entornos profesionales donde se fomente la seguridad psicológica, donde el error se gestione desde el aprendizaje (no desde la culpa punitiva) y donde el liderazgo se ejerza desde la empatía y no desde la jerarquía autoritaria. Convivencia intergeneracional La convivencia entre las generaciones ‘del sacrificio’ y las generaciones ‘del bienestar’puede crear una tensión natural en muchos centros de trabajo. Por un lado, tenemos a profesionales veteranos que sienten que los nuevos integrantes ‘tienen la piel fina’. Por otro lado, los jóvenes se sienten incomprendidos o explotados en entornos que perpetúan el desgaste productivo. Esta brecha es el principal desafío de la gestión de personas en el sector. ¿Y cómo abordarlo desde la profesión veterinaria? Quizás la integración consciente de ambas visiones sea la clave, ya que permite reconocer la experiencia técnica, la capacidad de resolución de crisis (más presentes en generaciones anteriores) y la capacidad de gestión emocional y cultura de autocuidado de los más jóvenes. Hacia un nuevo modelo: especialización y salud mental sostenible Todos estamos de acuerdo al admitir que un centro que cuida a su equipo no solo retiene a sus trabajadores, sino que ofrece una mejor medicina. Un profesional descansado, validado y emocionalmente estable es más preciso, más comunicativo con los propietarios y, en última instancia, más rentable. La ‘Generación del Bienestar’ está empujando un mensaje que los datos de salud en el sector veterinario lleva tiempo gritando: la salud es un factor clave para el sector. Y aquí debemos hacer un par de matizaciones. Implantar un programa de bienestar no es un evento puntual o un manual de buenas intenciones. Un programa eficaz debe ser: • Realizable: debe integrarse en la logística diaria de la clínica sin ser un obstáculo para la atención al paciente. • Coherente: los protocolos de cuidado deben alinearse con la cultura clínica; de nada sirve promover la salud mental si el sistema de turnos o la gestión de errores penaliza al profesional. • Personalizable: una clínica de pequeños animales en un entorno rural no tiene los mismos detonantes de estrés que un hospital de referencia 24 horas en una gran metrópolis. Y garantizar: • Seguridad psicológica: implementar protocolos donde el error sea analizado como una falla de proceso y no de persona. Esto reduce el estrés crónico y mejora la toma de decisiones. • Liderazgo emocional: los dueños y gestores de clínicas deben formarse en habilidades de gestión de equipos. La capacidad de detectar tempranamente la fatiga por compasión en un compañero es tan importante como saber realizar una cirugía de urgencia. • Límites claros y desconexión: la cultura de ‘estar siempre disponible’ es una reliquia peligrosa. Es necesario establecer turnos reales de descanso y respetar los tiempos personales para prevenir el burnout. • Recursos externos: la externalización de la atención psicológica es vital. Las clínicas deben facilitar el acceso a servicios de apoyo profesional especializados en duelo y bienestar veterinario, eliminando el estigma de pedir ayuda. Aquí programas que abarcan mucho no sirven, ya que alejan mucho el recurso de la persona produciendo una distancia emocional que cuesta derribar. • Reconocimiento del duelo: la muerte del paciente animal impacta al equipo, no solo al propietario. Las clínicas deben integrar rituales de cierre o espacios de descarga emocional tras casos difíciles, normalizando la expresión del dolor profesional. Además del impacto en la salud individual y de los equipos, hay claros beneficios en la retención del talento; especialmente, del más joven. Un pacto por el futuro Como psicólogas especializadas en este ámbito, somos testigos constantes del inmenso amor que los veterinarios sienten por su labor. Es ese mismo amor el que debemos proteger. Más que una elección opcional, la integración del bienestar es la base técnica sobre la que se construye una profesión capaz de perdurar en el tiempo. El cambio no vendrá de los grandes avances tecnológicos, sino de la decisión consciente de convertir las clínicas en espacios de vida, tanto para el paciente como para el profesional. El futuro de la veterinaria depende de nuestra capacidad para abrazar este cambio generacional. Si queremos una medicina veterinaria de calidad, primero debemos cuidar a quienes la hacen posible. Solo así, con raíces sólidas y una salud mental protegida, podremos garantizar que esta profesión siga siendo el faro de vocación y servicio que el mundo necesita. LA SALUD MENTAL HA DEJADO DE SER UN ASUNTO PRIVADO PARA CONVERTIRSE EN UN RIESGO LABORAL QUE AFECTA A LA SEGURIDAD DEL PACIENTE (LOS ANIMALES) Y A LA CALIDAD ASISTENCIAL
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