26 LOS FALLOS DE LA IA PUEDEN SER OPACOS, SISTÉMICOS Y DIFÍCILES DE DETECTAR formación incompleta o errónea generada por una máquina. Esto coloca al profesional en la delicada posición de tener que educar al cliente sobre los límites de la tecnología mientras mantiene una relación de confianza. De los principios a la práctica La sección sobre implicaciones éticas traduce los principios, que pueden sonar a abstractos, en dilemas concretos y soluciones prácticas. La BVA estructura éstas en varios niveles. En primer lugar, la responsabilidad última no puede delegarse. “Si definimos a un profesional como alguien dispuesto a aceptar la responsabilidad por su experiencia, entonces la aplicación ética de la IA requiere que la persona que asume el riesgo siga siendo el tomador de decisiones”, afirma el texto. Esto se traduce en la necesidad imperiosa de mantener un “humano en el circuito” para cualquier caso de uso que implique juicio profesional. Por otro lado, la transparencia es una obligación bidireccional: los desarrolladores deben ser transparentes con los veterinarios sobre el funcionamiento de sus herramientas, y los veterinarios deben ser transparentes con los clientes sobre cuándo y cómo utilizan la IA. Finalmente, la BVA propone que cada centro veterinario elabore su propia política de uso de IA, un documento vivo que establezca límites claros, protocolos de consentimiento, directrices para la comunicación con el cliente y planes de formación continua para el equipo, ya que probablemente ésta tenga la capacidad de adaptarse a las particularidades de cada entorno de trabajo. El documento culmina con ocho recomendaciones concretas que buscan constituir un plan de acción para la profesión, los desarrolladores y los reguladores. A los veterinarios, se les insta a comprometerse activamente con la comprensión de la IA, a discutir su uso en equipo y a implementar políticas y evaluaciones de riesgo antes de adoptar cualquier tecnología. A los desarrolladores, se les exige que proporcionen información accesible y explicable sobre cómo se construyen y validan sus herramientas. El llamamiento más firme, sin embargo, se dirige a los reguladores. La BVA señala que, si bien en el Reino Unido existe poca legislación específica sobre IA veterinaria, existen organismos y asociaciones que cuentan con mucha autoridad y, por tanto, la responsabilidad de actuar. El informe reclama una “regulación activa” que garantice la seguridad, fiabilidad y transparencia de estas herramientas, y aboga por el desarrollo de “estándares internacionales de explicabilidad y gobernanza”. La regulación, sostiene, no debe sofocar la innovación, sino crear el marco de confianza necesario para que ésta florezca de manera segura y ética. Con la publicación de este documento, la British Veterinary Association comprende y expone cuál tiene que ser la comprensión e implementación de la IA en la práctica veterinaria. Por mucho que algunos se quieran cerrar en banda y no adoptarla, esta tecnología ha llegado para quedarse, y adaptarla progresivamente a los espacios de trabajo hará que las clínicas sean más eficientes y tengan menos cargas administrativas. Sin embargo, el no entenderla o utilizarla de manera incorrecta puede suponer un riesgo innecesario para los animales tratados. Por ello, el veterinario ha de estar constantemente encima a la hora de aplicarla, y así responsabilizarse del proceso. El informe de la BVA no solo se puede quedar en el ámbito británico, sino que debe entenderse como una guía aplicable a todo el mundo, en la que los profesionales apliquen sus conocimientos propios de la tecnología con las recomendaciones del documento, y avanzar hacia la veterinaria del futuro.
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