El cerebro de los perros segmenta el habla de forma similar al de los humanos

Un estudio revela que el cerebro canino utiliza patrones de consonantes para segmentar el habla, mostrando sorprendentes similitudes con humanos al escuchar.

Estado: Esperando

25/09/2026

Un nuevo estudio realizado en Hungría ha descubierto que el cerebro de los perros segmenta el habla en palabras de una forma que, hasta ahora, solo se había observado en humanos. Este hallazgo sugiere que el procesamiento eficiente del habla no tiene por qué ser una consecuencia exclusiva de las ...

Un nuevo estudio realizado en Hungría ha descubierto que el cerebro de los perros segmenta el habla en palabras de una forma que, hasta ahora, solo se había observado en humanos. Este hallazgo sugiere que el procesamiento eficiente del habla no tiene por qué ser una consecuencia exclusiva de las capacidades lingüísticas humanas: la exposición habitual al lenguaje hablado podría ser suficiente para modificar el funcionamiento del cerebro, incluso en una especie de mamífero evolutivamente alejada de nosotros. El descubrimiento, realizado por el Laboratorio de Neuroetología de la Comunicación del Departamento de Etología de la Universidad Eötvös Loránd (ELTE), en Budapest, ha sido publicado en Science.

Los seres humanos mantienen una relación única con el lenguaje. Ninguna otra especie posee capacidades lingüísticas tan complejas como las nuestras y el cerebro humano es especialmente sensible a las características del habla. Sin embargo, desde hace tiempo existe una incógnita: ¿procesamos el habla con tanta eficacia porque nuestro cerebro está preparado de forma innata para hacerlo o porque estamos constantemente expuestos al lenguaje hablado?

"Las palabras están formadas por dos tipos principales de sonidos del habla: vocales y consonantes. Aunque las vocales son más sonoras y perceptibles, las consonantes suelen constituir el esqueleto de las palabras. En un flujo continuo de habla resulta más sencillo identificar palabras individuales cuando nos centramos en las consonantes. Y, desde la infancia, esto es precisamente lo que tiende a hacer el cerebro humano. Este fenómeno se conoce como sesgo consonántico", explica Attila Andics, neurocientífico cognitivo, director del Laboratorio de Neuroetología de la Comunicación, financiado por el Consejo Europeo de Investigación (ERC), y autor de correspondencia del estudio.

"Pero ¿para que aparezca este sesgo consonántico —es decir, para que el cerebro se especialice en procesar el habla— son necesarias las complejas capacidades lingüísticas exclusivas de los humanos? ¿Hace falta un cerebro configurado de manera innata para ello? ¿O esta adaptación al habla podría surgir mediante un aprendizaje sencillo de patrones, basado en mecanismos presentes también en otras especies animales incapaces de hablar?", plantea Andics.

Para averiguarlo, los investigadores del Grupo de Investigación en Neuroetología compararon las respuestas cerebrales de 20 personas y 20 perros de compañía mientras escuchaban habla.

"Partimos de la idea de que, si la preferencia por las consonantes —el tipo de sonido acústicamente menos destacado— necesita capacidades lingüísticas exclusivamente humanas para desarrollarse, otras especies no deberían mostrarla. Ni siquiera los perros, a pesar de pasar gran parte de su vida rodeados de habla humana", explica Boglárka Morvai, bióloga e investigadora posdoctoral del Grupo de Investigación en Neuroetología y coautora principal del estudio.

"En cambio, si la adaptación al habla se basa en formas sencillas de aprendizaje de patrones a partir de la exposición repetida al lenguaje, entonces el cerebro de los perros también debería desarrollar un sesgo hacia las consonantes, aunque este fenómeno ni siquiera se había detectado anteriormente en especies de primates mucho más próximas evolutivamente a los humanos", añade Morvai.

Durante el experimento, tanto las personas como los perros escucharon secuencias continuas de habla, sin segmentar. En ellas, consonantes y vocales se alternaban sin pausas ni otras señales acústicas que permitieran separarlas. Las secuencias variaban en función de si contenían patrones recurrentes y de qué tipo eran.

Los investigadores utilizaron tres tipos de secuencias. En la primera, los patrones recurrentes de consonantes formaban palabras consecutivas de tres sílabas o, más exactamente, el "esqueleto" de esas palabras, ya que las vocales situadas entre las consonantes podían variar libremente. En la segunda ocurría lo contrario: eran los patrones recurrentes de vocales los que constituían la estructura de las palabras. Por último, una tercera secuencia de control no contenía ningún patrón recurrente, por lo que las sílabas no formaban palabras y aparecían en un orden aleatorio.

Para medir la actividad cerebral, los investigadores utilizaron electroencefalografía (EEG) no invasiva, registrando la actividad eléctrica del cerebro mediante electrodos colocados sobre el cuero cabelludo. También se apoyaron en un fenómeno denominado sincronización neuronal: la actividad cerebral puede adoptar el ritmo que detectamos en los sonidos que escuchamos. Cuanto más fiable es la detección de ese ritmo, más rítmica se vuelve la respuesta cerebral.

Los científicos plantearon que, si el cerebro de una especie muestra preferencia por las consonantes, debería seguir con mayor facilidad el ritmo de las palabras cuando son precisamente las consonantes las que determinan su estructura.

Los resultados mostraron sorprendentes similitudes entre humanos y perros.

"En las secuencias de habla estructuradas mediante consonantes, el cerebro de los perros, al igual que el de los humanos, logró sincronizarse con el ritmo de las palabras. En ambas especies, esta sincronización fue más intensa que en las secuencias estructuradas mediante vocales o en las secuencias de control. Es la primera evidencia de que el sesgo consonántico también puede aparecer en el cerebro de una especie distinta de la humana", señala Kinga G. Tóth, psicóloga, investigadora doctoral y también coautora principal del trabajo.

El momento en el que se produjeron las respuestas cerebrales aportó nuevas pruebas de la existencia de este sesgo en los perros. Aproximadamente 400 milisegundos después del comienzo de cada palabra, apareció un cambio claramente diferenciado en la actividad eléctrica cerebral tanto de humanos como de perros, pero únicamente cuando las palabras estaban estructuradas mediante consonantes. Precisamente, este intervalo temporal se asocia con el proceso mediante el cual el cerebro segmenta el habla continua en palabras individuales.

"El estudio también reveló que esta adaptación a las características del habla no aparece únicamente en perros que durante sus primeros meses de vida estuvieron expuestos a un entorno rico en lenguaje, una etapa en la que son especialmente sensibles a las experiencias sociales. Los perros que habían pasado sus primeros tres meses de vida en la calle o en un refugio, en lugar de convivir con una familia, mostraron un sesgo consonántico igualmente intenso", añade G. Tóth.

Según la investigadora, este resultado aporta nuevas evidencias de que el sesgo consonántico no necesita mecanismos de procesamiento lingüístico predeterminados que deban desarrollarse durante una etapa concreta y temprana de la vida. Por el contrario, esta preferencia neuronal podría aparecer mediante formas relativamente sencillas de aprendizaje de patrones.

Los científicos también detectaron dos diferencias interesantes entre ambas especies. La primera fue que los humanos eran capaces de identificar palabras definidas por patrones de vocales, aunque con menor eficacia que cuando las consonantes constituían la estructura de las palabras. Los perros, en cambio, no mostraron esta capacidad. Esto apunta a que los humanos podrían tener una mayor capacidad para aprender patrones lingüísticos inesperados o que no coinciden con sus preferencias habituales de procesamiento.

La segunda diferencia estuvo relacionada con los distintos ritmos que ambas especies identificaron dentro de las secuencias de habla. El ritmo de las sílabas apareció en las respuestas cerebrales tanto de humanos como de perros, pero solo el cerebro humano se sincronizó con el ritmo de los sonidos individuales del habla.

Esto indica que el cerebro humano puede procesar el habla continua con un nivel de detalle mayor: para nosotros, cada sonido del habla constituye una unidad diferenciada, mientras que, en los perros, la sílaba parece ser la unidad mínima de procesamiento.

"En conjunto, estos resultados sugieren que la adaptación del cerebro al habla —y, concretamente, la aparición del sesgo consonántico— no requiere necesariamente un cerebro preparado de antemano para el lenguaje ni capacidades lingüísticas similares a las humanas", concluye Andics.

"Por el contrario, la exposición habitual al habla podría ser suficiente para modificar el funcionamiento cerebral y generar características de procesamiento que hasta ahora solo se habían observado en humanos, incluso en una especie evolutivamente alejada de nosotros".

Estudio original:

B. Morvai, K. G. Tóth, M. Boros, D. S. Rácz, I. Iotchev, K. Szabó y A. Andics (2026), Neural evidence that dogs segment the speech they hear with a humanlike consonant bias, Science. DOI: 10.1126/science.adw7709.

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