
Estado: Esperando
Era un martes cualquiera. La sala de espera olía a desinfectante y a miedo contenido. Entró una familia que yo conocía bien: habían traído a su perro desde cachorro, hacía casi doce años. Sabía su nombre, su carácter, sus manías. Aquella mañana venían a despedirse. Recuerdo que ninguno de nosotros, ...
Era un martes cualquiera. La sala de espera olía a desinfectante y a miedo contenido. Entró una familia que yo conocía bien: habían traído a su perro desde cachorro, hacía casi doce años. Sabía su nombre, su carácter, sus manías. Aquella mañana venían a despedirse. Recuerdo que ninguno de nosotros, en la clínica, supimos muy bien qué hacer con lo que sentíamos después.
Durante más de veinte años trabajé como auxiliar de clínica veterinaria. Vi nacer animales, los vi crecer, los vi envejecer. Y los vi morir. Acompañé eutanasias difíciles, recibí llamadas de familias rotas que llamaban desde casa porque su compañero había muerto en mitad de la noche. Sostuve a propietarios que lloraban en la sala de espera sin poder articular una sola palabra, y también sostuve mi propio dolor en silencio, porque nadie nos había enseñado qué hacer con él.
Hoy, desde el otro lado de esa experiencia, como terapeuta especializada en procesos de duelo, quiero hablar de algo que la profesión veterinaria lleva demasiado tiempo cargando sola: el peso emocional de acompañar la muerte de nuestros pacientes. El de las familias que atendemos. Y el nuestro propio.
Un duelo que la sociedad todavía no sabe nombrar
Perder a un compañero animal es, para muchas personas, una de las experiencias de pérdida más devastadoras de su vida. No porque sean exageradas, ni porque confundan prioridades. Sino porque el vínculo que se establece con un animal de compañía es genuino, profundo y absolutamente cotidiano. Están en el despertar de cada mañana, en el sofá de cada tarde, en los momentos más íntimos y también en los más oscuros.
Sin embargo, el duelo animal sigue siendo, en gran medida, un duelo
no reconocido. Un duelo que se minimiza. "Era solo un perro", "ya tendrás otro", "no te pongas así" son frases que muchas familias escuchan en su entorno inmediato tras una pérdida que para ellas lo ha cambiado todo. Esta falta de validación social no solo dificulta el proceso de duelo, sino que lo complica y lo alarga. Porque el dolor que no se nombra no desaparece: se enquista.
Desde la psicología y la tanatología sabemos que el duelo, cualquier duelo, necesita ser reconocido para poder integrarse. No se trata de superar una pérdida, sino de aprender a vivir con ella. Y para eso, el primer paso es que alguien la vea.
La clínica veterinaria es, con frecuencia, el único lugar donde esa pérdida se toma en serio.
El veterinario como primer acompañante del duelo
Quien trabaja en una clínica veterinaria sabe que su rol va mucho más allá del diagnóstico y el tratamiento. En los momentos más críticos, el equipo veterinario se convierte, sin haberlo elegido explícitamente, en el primer acompañante del duelo de sus clientes.
La comunicación de un diagnóstico terminal, la decisión de la eutanasia, el momento del último adiós: todo eso sucede en la clínica. Y el equipo que está ahí no siempre tiene herramientas emocionales para gestionarlo, ni para acompañar a las familias, ni para procesar lo que ellos mismos sienten.
He visto veterinarios y auxiliares que, tras una eutanasia especialmente dura, continuaban con la siguiente consulta como si nada hubiera pasado. No porque fueran insensibles, sino porque no había espacio para parar. Porque la agenda seguía. Porque nadie les había dado permiso para sentir.
Y eso tiene un coste. Un coste emocional que se acumula silenciosamente durante años, y que tiene nombre: fatiga por compasión. La fatiga por compasión es el desgaste que experimenta quien cuida, acompaña y sostiene el sufrimiento ajeno de forma continuada sin el apoyo adecuado. Es uno de los fenómenos más presentes en las profesiones de ayuda, y la veterinaria no es una excepción.
La eutanasia: el acto más íntimo y más difícil
La eutanasia es, en esencia, un acto de amor. Una de las pocas ocasiones en que la medicina puede ofrecer una muerte digna, sin dolor y acompañada. Para las familias, suele ser la decisión más difícil que han tomado. Para el equipo veterinario, es un procedimiento que se repite, a veces varias veces a la semana, a lo largo de toda una carrera profesional.
Lo que pocas veces se habla es de lo que queda después. De la auxiliar que acaricia al animal los últimos segundos y se lleva esa imagen a casa. Del veterinario que recuerda el nombre de cada uno de los pacientes que ha eutanasiado a lo largo de los años. De la recepcionista que recibe la llamada de una familia que llora al otro lado del teléfono y no sabe qué decirle.
A veces el animal muere en casa, y la familia viene después. O llama. Y llega rota, completamente rota. Con una bolsita con las cosas del animal, o con el cuerpo envuelto en una manta. Y en ese momento, la clínica no es solo un centro sanitario. Es un espacio de duelo.
Nadie nos enseñó en la formación cómo acompañar eso. Pero lo hacemos igual, a diario, con los recursos que tenemos. Con empatía, con intuición, con amor a la profesión. Y también con un cansancio que a veces no sabemos de dónde viene.
Lo que el duelo necesita: validación y acompañamiento
Tanto para las familias como para el equipo profesional, el duelo animal necesita las mismas cosas que cualquier otro duelo: ser nombrado, ser validado y tener un espacio donde expresarse.
Para las familias que atendemos, esto implica algo tan sencillo y tan poderoso como decir: "Lo que sientes es real. Su pérdida importa. Puedes llorarle." No necesitamos ser terapeutas para transmitir eso. Pero sí necesitamos saber que esas palabras tienen un efecto enorme en alguien que lleva días escuchando que debería "estar ya mejor".
Para los profesionales, el autocuidado emocional no es un lujo ni una debilidad. Es una necesidad. Supervisión entre compañeros, espacios de escucha dentro del equipo, formación en comunicación de malas noticias, acceso a acompañamiento psicológico especializado: todo esto no solo mejora el bienestar del profesional, sino la calidad de la atención que ofrecemos a las familias.
Una clínica que cuida emocionalmente a su equipo es una clínica que cuida mejor a sus clientes.
La pérdida que también es nuestra
Hay algo que no siempre se dice en voz alta: los profesionales veterinarios también se vinculan. Es inevitable. Cuando llevas años atendiendo a un paciente, desde cachorro hasta su vejez, cuando conoces sus manías y su historia y el nombre de todos los miembros de su familia, cuando has estado presente en sus momentos más delicados, ese animal también es tuyo en cierta forma.
Y cuando muere, algo en ti también duele. Eso no es falta de profesionalidad. Es humanidad. Y merece el mismo reconocimiento que cualquier otra pérdida.
Mi propio camino hacia la terapia de duelo nació, en parte, de haber vivido eso. De haber sentido pérdidas que no sabía muy bien dónde poner, pérdidas que no tenían un espacio social reconocido donde ser lloradas. Ese recorrido personal me llevó a entender que el duelo animal no es un duelo menor. Es un duelo completo, legítimo y profundamente humano.
Hacia una cultura del duelo en la clínica veterinaria
Integrar una mirada de duelo en la práctica veterinaria no requiere convertir la clínica en un espacio de terapia. Requiere, sobre todo, una actitud: la de tomarse en serio el dolor que se genera en ese espacio.
Algunas claves prácticas que pueden marcar la diferencia:
- Validar verbalmente la pérdida. Un "lo siento mucho, era un paciente muy especial" dicho con presencia vale más que cualquier protocolo.
- Dar tiempo y espacio. No apresurar la despedida. Permitir que la familia esté todo el tiempo que necesite. Tener un espacio bien cuidado de intimidad para esos momentos.
- Proporcionar información sobre el duelo. Un pequeño folleto, una tarjeta con recursos, o simplemente decirle a la familia que lo que van a sentir es normal y tiene nombre.
- Cuidar al equipo. Generar momentos de pausa después de situaciones emocionalmente intensas. Nombrar lo que ha pasado. No seguir como si nada.
- Derivar cuando es necesario. Conocer recursos de acompañamiento especializado en duelo animal para poder orientar a las familias que lo necesiten.
El duelo no se supera. Se integra. Y se integra mejor cuando alguien nos dice que lo que sentimos es real, que la pérdida que vivimos merece ser llorada, y que no estamos solos en ella. La clínica veterinaria puede ser ese lugar. Ya lo es, muchas veces, sin saberlo.
Sobre la autora
Lidia Arenós Pérez es auxiliar de clínica veterinaria con más de veinte años de experiencia y terapeuta especializada en procesos de duelo. Es fundadora de Amara Terapia de Duelo, un espacio de acompañamiento para todo tipo de pérdidas, con especial atención al duelo por compañeros animales. Es también autora del libro Mi reino sin sentido, un testimonio personal sobre la pérdida y el proceso de integrarla. Su trabajo parte de la convicción de que el duelo no se supera: se integra.