
Estado: Esperando
España necesita abrir, de una vez, una conversación seria sobre la veterinaria. No una conversación reducida al ruido coyuntural sobre antibióticos, plataformas de prescripción o distribución de medicamentos, sino un debate de país sobre una profesión sanitaria esencial que sigue sin recibir el reconocimiento institucional, normativo y social que merece. La ...
España necesita abrir, de una vez, una
conversación seria sobre la veterinaria. No una conversación reducida al
ruido coyuntural sobre antibióticos, plataformas de prescripción o
distribución de medicamentos, sino un debate de país sobre una profesión
sanitaria esencial que sigue sin recibir el reconocimiento
institucional, normativo y social que merece. La veterinaria no es un sector accesorio ni un apéndice del bienestar
animal entendido en términos sentimentales. Es salud pública, seguridad
alimentaria, prevención, vigilancia epidemiológica, control de
zoonosis, sostenibilidad ganadera, economía rural y protección del
consumidor. Sin veterinarios no hay una sola salud posible. Y, sin
embargo, en España seguimos regulando y tratando a la profesión como si
su papel sanitario fuera secundario. En los últimos días se ha insistido en una idea aparentemente simple:
que la separación estricta entre prescripción y suministro de
medicamentos veterinarios constituye una garantía absoluta de
independencia profesional y que cuestionarla supondría poner en riesgo
la salud animal y la salud pública. El planteamiento suena impecable en
lo teórico, pero falla cuando se confronta con la realidad clínica, con
la práctica comparada europea y con las peculiaridades de la medicina
veterinaria. La primera cuestión que conviene aclarar es que los veterinarios no
estamos pidiendo un trato de excepción. Estamos reclamando,
precisamente, lo contrario: una regulación moderna, proporcionada y
homologable a la de muchos países de nuestro entorno. Una regulación que
parta de la realidad asistencial de la medicina veterinaria y no de la
aplicación mecánica de esquemas concebidos para la medicina humana. Porque la medicina veterinaria no funciona igual que la humana.
Atendemos múltiples especies, pesos, formatos, indicaciones, condiciones
de manejo y contextos epidemiológicos muy distintos. Trabajamos,
además, con una disponibilidad de medicamentos notablemente inferior a
la existente en humana y con menos presentaciones adaptadas a las
necesidades reales de los pacientes. Ésa es una de las claves del
problema. Y negarla no lo resuelve. Se ha afirmado que en España no existe un problema de acceso al
medicamento veterinario. Pero el problema no es sólo cuántos
medicamentos figuran en catálogo o cuántas referencias están
teóricamente disponibles en distribución. El verdadero problema es si el
propietario puede disponer, en el momento clínico en que el animal lo
necesita, del medicamento, la presentación, la concentración y el número
de unidades adecuados para ese tratamiento concreto. Y esa respuesta,
demasiadas veces, es no. También se ha sostenido que permitir el suministro por parte del
veterinario comprometería la independencia del criterio clínico.
Conviene decirlo con claridad: la independencia profesional de un
veterinario no la garantiza una barrera formal, sino su ética, su
cualificación, su responsabilidad deontológica y su sometimiento a
control. Quien conoce mínimamente la profesión sabe que el veterinario
prescribe con responsabilidad clínica y con una enorme exposición
personal, técnica y jurídica. Sugerir que el criterio veterinario queda
inevitablemente contaminado por un eventual interés económico no sólo es
injusto: es desconocer el funcionamiento real de una profesión
sanitaria sometida a obligaciones muy exigentes. Además, la comparación europea debería invitar a la prudencia antes
de presentar el modelo español como el único verdaderamente garantista.
En buena parte de Europa, los veterinarios pueden prescribir y
suministrar los tratamientos necesarios para completar la atención de
sus pacientes dentro de marcos regulados y fiscalizados. Éste es, precisamente, uno de los puntos ciegos del debate. Cuando el
sistema no permite adaptar con flexibilidad la respuesta terapéutica a
la situación concreta del animal, no gana la seguridad: gana la rigidez.
Y la rigidez, en medicina, rara vez es una buena noticia. Menos aún en
veterinaria, donde la diversidad biológica y clínica obliga a actuar con
criterio científico, capacidad de ajuste y proporcionalidad. El debate sobre los antimicrobianos merece, además, un mínimo de
honestidad. España ha hecho en los últimos años un esfuerzo muy
relevante en la reducción del uso de antibióticos en sanidad animal. Ese
esfuerzo no ha sido fruto del azar ni de la imposición externa: ha sido
posible, en gran medida, gracias al compromiso de los veterinarios
españoles con el uso prudente y responsable de los antimicrobianos. Por
eso resulta difícil aceptar que se traslade a la opinión pública la idea
de que la profesión veterinaria constituye el principal foco de riesgo o
el eslabón débil de la lucha contra las resistencias. Combatir la resistencia antimicrobiana es una prioridad compartida.
Pero para hacerlo bien hace falta rigor. Hace falta analizar dónde está
realmente el problema, dónde se concentra el mayor impacto y qué medidas
son eficaces sin deteriorar la capacidad asistencial. La salud pública
no se protege dificultando el acto clínico veterinario ni multiplicando
cargas burocráticas que no aportan valor proporcional. Se protege
reforzando el uso racional del medicamento, adaptando las presentaciones
a las pautas reales, mejorando la disponibilidad efectiva y dotando al
profesional sanitario de herramientas útiles. Mientras tanto, seguimos sin reconocer plenamente el papel de la
veterinaria en las políticas públicas. Seguimos gravando sus servicios
clínicos con un IVA del 21% en animales de compañía, como si su
actividad careciera de relevancia sanitaria. Y seguimos discutiendo
sobre la profesión muchas veces sin escuchar a quienes la ejercen. Los veterinarios no pedimos privilegios. Pedimos poder trabajar con
seguridad jurídica, con criterios científicos, con instrumentos
adaptados a nuestra realidad profesional y con una normativa que ayude,
en lugar de obstaculizar, la atención sanitaria a los animales y la
protección de la salud pública. España necesita más veterinaria en sus políticas públicas, no menos.
Más reconocimiento, no más sospecha. Más confianza en el criterio
clínico de una profesión sanitaria esencial, y menos rigidez normativa. Porque cuando se debilita a la veterinaria, no pierde un colectivo.
Pierde la salud pública. Pierde el mundo rural. Pierde la sociedad. Y
pierde el país.