59 Ferran Pahisa, veterinario que ejerce en Veterinari del Clínic, empezó la carrera de veterinaria pensando en dedicarse a la parte más clínica y no tanto al comportamiento. Al cursar el grado y, sobre todo, al empezar a ayudar a su compañera Laura, que ya estaba inmersa en el mundo de la etología, vio que era lo que le gustaba y que quería especializarse en ello. Así, explica, le atrajo especialmente entender el motivo por el cual los perros se comportan como lo hacen y buscar la manera de poder ayudar a sus familias a convivir mejor con ellos. Eso sí, para el profesional, la formación en etología para veterinarios no está suficientemente integrada en los planes de estudio actuales: “Creo que al acabar la carrera salimos con una formación muy pobre en cuanto a etología y que sería muy importante para la mayoría de los compañeros que se dedican a la veterinaria clínica. Propondría que, al igual que se realizan una serie de horas de otras especialidades, se realizaran más horas dedicadas a la etología o, como mínimo, a aspectos más generales enfocados al comportamiento y la comunicación de perros y gatos. Otra mejora que se podría realizar es añadir una asignatura optativa de etología durante el último año. Esto, además de dar una formación muy importante a los futuros veterinarios, ayudaría a ver la etología como una posible salida profesional”. Al final, es algo tan importante como la especialidad encargada del comportamiento: “Así como los dermatólogos veterinarios están especializados en problemas o enfermedades que aparecen en la piel, los etólogos nos encargamos de aquellos que aparecen en el comportamiento animal. Ayudamos a diagnosticar y tratar los diferentes problemas de conducta que pueda tener un animal. La diferencia principal es la formación de base. Un etólogo clínico veterinario debe haberse graduado como veterinario en una universidad y, posteriormente, debe especializarse en comportamiento animal. En cambio, un adiestrador o un modificador de conducta no necesita haber pasado por un grado en veterinaria para ejercer. Se accede al conocimiento a partir de formación privada que, por el momento, no está reglada”. Como describe, ambas figuras son importantes a la hora de abordar un problema de conducta. El etólogo se encargará del diagnóstico y la creación del plan de trabajo, mientras que el adiestrador/educador se encargará de ayudar a los tutores a ejecutar este plan. Qué se detecta Para Pahisa, uno de los problemas de comportamiento más frecuentes, serían las reacciones agresivas de perros hacia otros perros. En este caso los factores subyacentes más habituales se encontraría en aspectos ambientales y de manejo, especifica. “Cada vez hay más perros, y muchos de ellos viven en ciudad. Este ambiente suele ser muy estimulante y complejo para un perro. Esto, sumado a un mal manejo de las situaciones -como llevar la correa muy corta, poner tensión o dar tirones, áreas para perros abarrotadas, etc.)- dificulta que los canes se puedan relacionar de manera tranquila y cómoda, y a menudo acaba desencadenando en problemas de conducta”. Asimismo, explica otros problemas que aparecen de forma muy recurrente, como serían los trastornos relacionados con la separación y el miedo en la calle. “En estos casos la genética juega un papel clave en la predisposición a la aparición del problema, aunque el ambiente y el manejo también influyen de forma considerable. La mayoría de los problemas que nos encontramos tienen un origen multifactorial, es importante analizarlos bien para poder comprenderlos y modificarlos”, analiza. En cuanto a cómo aborda el diagnóstico diferencial entre un problema comportamental con base médica y uno relacionado exclusivamente con aprendizaje o manejo, Pahisa destaca que cuando les llega un animal con “ANIMO A TODOS LOS COLEGAS DEL SECTOR A COLABORAR ENTRE ELLOS, MANTENER UNA COMUNICACIÓN ACTIVA Y REFERIR SI ES NECESARIO A OTROS VETERINARIOS”
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