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La profesión veterinaria es vocacional, pero eso no quita que, en muchos casos, se ejerza en condiciones que rozan la precariedad emocional y laboral. Y es que los veterinarios tenemos un desgaste emocional muy elevado, tanto que muchos terminan abandonando la práctica clínica. La realidad es que entre los horarios, las condiciones laborales y la presión ...
La profesión veterinaria es vocacional, pero eso no quita que, en muchos casos, se ejerza en condiciones que rozan la precariedad emocional y laboral. Y es que los veterinarios tenemos un desgaste emocional muy elevado, tanto que muchos terminan abandonando la práctica clínica.
La realidad es que entre los horarios, las condiciones laborales y la presión constante, ejercer puede ser muy exigente, y por eso un porcentaje muy elevado de veterinarios sufre burnout.
Durante mucho tiempo, esto se ha normalizado dentro del sector, pero como veterinaria, lo he vivido, y por eso creo que tenemos un problema en el modelo profesional en el que estamos ejerciendo.
Un modelo que desgasta más allá de las horas
Desde mi experiencia, se achaca el burnout a la carga de trabajo, pero creo que no se trata solo de eso. Hay otros factores que pesan igual o más.
Por ejemplo, las faltas de respeto o incluso situaciones de abuso por parte de algunos tutores y jefes. Exigir está bien, siempre que haya un compromiso real por ambas partes, pero exigir sin valorar ni respetar es lo que realmente desgasta.
A esto se suma la frustración de no poder ayudar en determinados casos, el contacto constante con el sufrimiento animal y la carga emocional de los tutores. Además, en muchos casos trabajamos con pacientes con enfermedades crónicas, donde la intensidad emocional es difícil de sostener en el tiempo.
Por otra parte, convivimos con la eutanasia de forma habitual. Todo esto es parte de nuestro día a día y, para poder ejercer, muchos profesionales desarrollan una distancia emocional que no todo el mundo puede mantener durante años o directamente no sabe hacerlo.
Y a todo esto hay que añadir la disponibilidad constante: horas extra, urgencias, fines de semana y guardias. Hemos normalizado jornadas de muchísimas horas que llevan directamente al agotamiento.
Tampoco es razonable dejar a profesionales con menos experiencia al frente de las urgencias, cuando precisamente son de las situaciones que requieren más criterio y experiencia.
Todo esto no es un problema puntual: es un sistema que, tal y como está planteado, empuja al desgaste constante.
Un modelo que empieza a romperse
Las nuevas generaciones ya no están dispuestas a aceptar estas condiciones y esto está generando un problema real: las clínicas que no encuentran personal.
Estamos ante un modelo que empieza a romperse y esto no es una cuestión de falta de vocación, sino de condiciones laborales.
Y precisamente en este punto empieza a aparecer una alternativa real dentro de la profesión: la especialización.
La especialización como vía de salida
En mi experiencia, he aprendido que existen varios cambios que pueden marcar una diferencia real en términos de burnout. Pero si hay uno que supone un antes y un después, es la especialización.
Especializarse permite salir del modelo generalista tradicional y construir una forma de ejercer más sostenible.
En mi caso, especializarme en nutrición ha supuesto un cambio completo en mi forma de trabajar. No solo ha mejorado mi calidad de vida y la de mis pacientes, sino que me ha permitido romper con dinámicas de precariedad muy normalizadas en clínica.
Además, la especialización permite ajustar los horarios, trabajar con mayor enfoque y cobrar honorarios acordes al nivel de conocimiento, reduciendo la necesidad de asumir volúmenes de trabajo excesivos.
La nutrición también abre la puerta a modelos más flexibles, como el trabajo en remoto, algo que en la mayoría de las áreas de la veterinaria es muy difícil o imposible. Esto permite diseñar el día a día de una forma más coherente con la vida personal y profesional.
Por otro lado, cambia el tipo de medicina y también el tipo de cliente. Se trabaja de forma más individualizada, con tutores más implicados, que siguen pautas y confían en el criterio profesional. Y eso reduce una de las grandes frustraciones en clínica: sentir que tu trabajo no se valora.
Una vocación sostenible
Sí, la veterinaria es una profesión vocacional, pero eso no debería implicar aceptar condiciones insostenibles.
La vocación no puede seguir siendo la excusa para sostener un modelo precario.
Si queremos que la profesión tenga un futuro digno, es necesario replantear cómo se ejerce. Y en ese cambio, la especialización no es solo una opción: es parte de la solución.